Calidad, cantidad y rapidez: escoja dos

Por María del Mar Agudelo

Hace pocos días recibí la llamada de un autor, quien, con urgencia, buscaba un corrector de estilo para corregir su tesis de doctorado. Muy cordial, me dispuse a oír su requerimiento, pero sentí una “leve” perturbación cuando me dijo tres cosas: “El trabajo tiene 120 páginas, debo entregarlo este jueves a las dos de la tarde  —ya era martes y yo me encontraba en la oficina ocupada con otros asuntos— y mi presupuesto es tanto” —una suma irracional, bastante atrevida, propia de alguien que no tiene idea de lo que es sentarse a corregir un texto.

Aturdida por sus condiciones, pero bastante diplomática, le dije que era “muy difícil” hacer un trabajo de calidad en tan poco tiempo, pero aún dispuesta, indagué sobre la posibilidad de postergar la entrega. Ante su respuesta negativa y su insistencia para que yo le “hiciera el favor” —como si fuera una voluntaria—, le dije que me enviara el texto. Para presentarles una cotización a mis clientes, les pido su manuscrito, pues el valor del trabajo depende de dos variables básicas: el estado del texto y la fecha de entrega. Una novela fluida y bien escrita y cuyo autor no tiene la menor prisa no cuesta lo mismo que la tesis de un estudiante que no tiene idea de expresión escrita y que, además, entrega su trabajo un viernes en la tarde para que esté listo el lunes.

Creo que no había colgado del todo cuando recibí una alerta de mi teléfono. Me dirigí al computador, descargué el archivo, conté el número de caracteres, y —¡oh, sorpresa!— ¡eran 154 cuartillas! No me detuve en la calidad de la escritura: no quería hacerle perder el tiempo al cliente.

Le respondí de inmediato: le dije que no podía aceptar el trabajo porque el número de cuartillas exigía un proceso más prolongado y el presupuesto no era el adecuado para dicha petición. El señor me ofreció entonces el veinticinco por ciento del valor justo bajo las mismas condiciones.

Ahí terminó la interlocución que me inspiró para expresar mi profunda indignación contra aquellos que se atreven a asignarle el precio al trabajo de otra persona.

Resolver los problemas textuales de los autores es la misión del corrector de estilo. Pertenezco a Correcta, la Asociación Colombiana de Correctores de Estilo, y una de sus prioridades es fijar tarifas justas para el servicio que ofrecemos. Esta tarea implica definir hasta dónde llega el trabajo del corrector, en qué momento este se convierte en editor y, por supuesto, lograr que los clientes comprendan que invertir en un servicio de mayor calidad, tener acceso a garantías y deleitarse con el resultado cuesta.

Señor autor: si demanda calidad y cantidad, no espere rapidez; si requiere calidad y rapidez, cuide el número de cuartillas; y si desea cantidad y rapidez, no espere los mejores resultados. De ahí el título de este artículo: “Calidad, cantidad y rapidez: escoja dos” (no sé quién lo dijo, pero es cierto).

Corrector de estilo: Fernando Alviar Restrepo.

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