Correctores comunicadores

Por Ella Suárez

Me llevó bastantes años entender que una de las funciones del corrector, más allá de enderezar entuertos escritos, es la de ser comunicadores. Tomar conciencia de esa idea no fue una gran revelación; simplemente, comencé a notar que mi modo de interacción con los otros colegas del oficio de la edición influía en el desarrollo eficiente de mi trabajo. En ocasiones, pensamos que nuestro quehacer solo se limita a marcar e indicar los problemas de los textos; sin embargo, olvidamos que ese indicar implica que alguien más precisará entender nuestras marcas.

Por ejemplo, parte de nuestro trabajo es interactuar con diversos autores, con editores o con diseñadores. Ello los convierte en nuestros interlocutores; por lo tanto, y ya que ahora, la más de las veces, nuestro trabajo se ejecuta virtualmente, estamos obligados a hacer claras y limpias nuestras marcas en los archivos de Word usando la herramienta “Control de cambios” o símbolos claros en el trabajo con papel o los PDF.

De acuerdo con el Diccionario de la lengua española, el término comunicación alude a aquel “conjunto de señales que dan a entender algo”. En nuestro caso, el lenguaje de las marcas de corrección debe proporcionarle a nuestro interlocutor un “agradable” encuentro con el texto, y esto consiste en marcas digitales o manuscritas claras, limpias, que eviten reprocesos (porque ese otro no ha podido comprenderlas) o que eviten demoras innecesarias cuando todo debe estar listo. Pensemos, incluso, que unas marcas desordenadas podrían implicar verdaderos desastres editoriales, que los hay.

En diversas ocasiones he visto archivos corregidos en Word a los cuales solo se les ha activado el control de cambios, sin haber hecho una limpieza previa del texto. El resultado: cuando este documento llega al revisor (editor o autor) está tan plagado de globos de formato y de todas las inserciones, supresiones y modificaciones que el autor, sin pensarlo dos veces, acepta todo para tener una versión “limpia” sobre la cual trabajar. El problema: se ha perdido el seguimiento al trabajo del corrector.

En otras ocasiones, cuando el corrector está trabajando la diagramación de un documento, puede ocurrir que si es una versión impresa no se entiendan sus símbolos, es decir, hay marcas desordenadas o palabras ilegibles, o que si es una revisión en PDF, se abuse de los resaltados amarillos y de las notas adhesivas, sin convención alguna que le ayude al diseñador a aclarar el panorama que tiene por delante.

Por lo anterior, en el contexto de la edición de textos, cuando se está frente a la producción, la idea es que nuestro trabajo fluya y que el otro nos comprenda sin más mediaciones que aquello que tiene en su pantalla. Así, muchas veces asumo el trabajo del corrector como si fuera una pieza de un engranaje y, si no funciona, el resto del sistema tampoco lo hace. En consecuencia, haremos que otros dediquen más tiempo del necesario a ejecutar sus propias funciones en relación con el texto en edición.

Ello implicaría que no podría acoplarse con el del otro engranaje y que el sistema, al tratar de funcionar, se recalentaría, se demoraría, se entorpecería, empezaría a dejar de trabajar. Ello también implica que si una pieza no encaja o se acopla de manera correcta, empezará a recargar otra, y así sucesivamente. Así mismo, puede ocurrir que cuando las piezas no están en armonía, el resultado final sea un producto de menor calidad.

Por lo tanto, dentro de esta metáfora, una fracción de los dientes del engranaje es un diálogo virtual o diálogo a distancia que se establece entre el corrector y los demás implicados en la edición de textos. Y durante el tiempo en que he trabajado en este campo, he venido descubriendo cuán importante es que mi corrección genere un proceso virtuoso en el que todos nos entendamos a la distancia.

En resumen, considerar de qué manera mostramos al mundo nuestro trabajo y cómo el hecho de ejecutarlo, cada vez mejor, no solo nos hace mejores profesionales cada día, sino que facilita nuestra labor y la de nuestros colegas de la edición.

Corrector de estilo: Fernando Alviar Restrepo

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