La escritura como descubrimiento. Corregir: una constante reflexión sobre el lenguaje

Por: Samuel Augusto Currea C.

Con el tiempo, he descubierto que las tesis y los trabajos académicos son fruto de una reflexión profunda sobre el propio quehacer profesional: ¿qué significa mi profesión para mi vida?, ¿cómo puede servir a los demás?, ¿puede innovarse en este campo? De la misma manera, el ejercicio de corregir nos obliga a reflexionar sobre el lenguaje y nuestra manera de habitar en él.
El aprendizaje de un corrector depende del estudio, pero se afianza cuando tiene que sentarse —con el diccionario, la gramática o los manuales de estilo— frente al texto de uno de sus clientes. Nuestro mejor aprendizaje es el trabajo; por ese motivo, me atrevo a pensar que el mejor escenario para reflexionar sobre nuestra práctica se da cuando estamos corrigiendo. Ciertas dificultades nos hacen cuestionar nuestra propia visión sobre el lenguaje y nos llevan a repasar lo que creíamos saber.
Los textos de n uestros clientes nos enseñan sobre el lenguaje y nos permiten detenernos en las sutilezas de la construcción de una idea. Quien corrige necesita estudiar constantemente su propia lengua, pero también necesita esforzarse por “hacerse transparente” —por decirlo de alguna manera— ante las ideas de su cliente: ¿el texto contiene una idea tan enrevesada que amenaza con ser ilegible?, ¡ qué gran oportunidad para poner a prueba la estructura de nuestro idioma y su capacidad para darle lugar a todo tipo de pensamiento!; ¿el texto dice algo con lo que no estamos de acuerdo?, entonces es el momento de considerar esa idea y buscar su expresión más precisa, ya que no debemos cambiarla.
Varias veces he pensado que las reglas del español —y su inmensa tradición literaria— no son un molde que se aplica forzosamente a los textos “mal escritos”; antes bien, la gramática, la ortografía, entre otros, son conductos que canalizan las ideas y les permiten alcanzar su forma.
El mérito del texto es del autor; el corrector solo está al servicio de las ideas, que ya están ahí y que solo necesitan encontrar una forma en la que darse a conocer. Por eso, la escritura de tesis y trabajos académicos supera las características de un texto meramente descriptivo: es un ejercicio crítico que busca descubrir nuevas posibilidades. El corrector no se limita a arreglar superficialmente un texto; tiene el honor —y el gusto— de conocer el proceso de descubrimiento que se oculta tras algunos disgustos o dificultades con la escritura.
Estos son los motivos por los que me apasiona poner mi gusto por el lenguaje al servicio de las ideas de otros. Es muy grato ver cómo detalles aparentemente formales — la gramática o las normas de citación— revelan ideas de gran valor en textos que, a primera vista, solo se escriben para cumplir un requisito.

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