Las minucias de los correctores: el taller de Gustavo Patiño

Por Óscar Enrique Alfonso

¿Cómo hacer que un taller de corrección de estilo sea divertido? Gustavo logró una respuesta efectiva a esta pregunta. ¿Qué no hacer? “Si me dirijo a personas que se dedican a la corrección de estilo, limitarme a hablar de signos de puntuación, de palabras agudas, graves o esdrújulas sería llover sobre mojado”. ¿De dónde generar criterios para planearlo?: “De lo más vital; la corrección de estilo llega a ser una actividad apasionante en las personas que perciben la vitalidad de la escritura”; concuerdo con el tallerista.

El taller de Gustavo parte de dos experiencias en su origen:

  1. el maestro que creyó en él, que lo hizo consciente de una virtud suya y que él, desde entonces, empezó a apreciar y a aprovechar; la capacidad de entrar en los detalles, en las minucias del material verbal;
  2. su pasión por el fútbol, que materializa jugando como arquero: “¿Cómo le grito?: ¿’salidle’? No, porque no es a varios; solo es a mi amigo, el defensa; ¿’sálgale’? No, porque es mi amigo; no es un desconocido; ¿’salle’, como la Universidad de La ‘Salle’?; ¡gol!”. Les hicieron el gol por una minucia gramatical.

De ahí nos quedó una definición del corrector de estilo que no olvidaré: “el encargado de no dejar que al equipo le metan un gol”, donde el gol sería un gazapo. Me siento perfectamente identificado.

Diez fueron las minucias que dieron contenido al taller y cincuenta, los asistentes —algo menos—; todos de una u otra manera ligados a la práctica de la portería editorial. Minucias son minucias y, por lo mismo, casi nadie las había visto, aunque todos nos habíamos topado con la mayoría de las situaciones discutidas.

Cuatro tenían que ver con asuntos numéricos: 1) “Después de cincuentaisiete meses y 18 días fue liberado”; 2) “La temperatura ascendió a 42.3 °C”; 3) “En la edición décima primera del año 2015, la revista Forbes publicó un informe hecho entre los meses de junio y diciembre, según el cual las veintiún personas más ricas del mundo ganaron treinta y una mil veces más que el 18 por ciento más pobre de la población”; y 4) “Se capturaron dos narcos. Se le hizo a ellos el proceso de extensión de dominio y por ello ahora se vende sus casas y fincas”.

Las otras seis surgen, me parece, del cruce entre usos populares del lenguaje, apropiaciones de esos usos por parte de los medios de comunicación y formas que muchos creerían que no están reguladas; de esta manera nos quedó claro que en el dominio de la escritura y, más aún, desde la perspectiva de la corrección de estilo, casi todo está regulado; pero existen puntos ciegos a la norma. Los casos analizados fueron: 5) “Ahhhh, voyme amañando por estos lares”; 6) “Carlos El Pibe Valderrama ya llegó. ¿Y Iván ‘el Bombardero’ Valenciano?”; 7) “Los debut de esos chefs fueron con rosbifs y bisteques”; 8) “Y ¿donde está la agüita pa’ mi gente?”; 9) “Ya no hay en quien confiar. Ya sabes que está súper de moda expiar a todos. Por eso, primeramente verifica que esté totalmente muerto”; y 10) “No confundas la quinesiología con la telekinesia”.

La elección de los motivos resultó divertida; aunque muchos de los casos están contemplados por la Ortografía o por la Gramática de la RAE, pudimos identificar algunos en los que la norma adquiere un carácter auxiliar y, finalmente, prima la decisión del autor, del editor o del equipo editorial. También hubo casos que nos llevaron a manifestarnos en desacuerdo con la norma, en tanto que autoriza evoluciones que al nivel del estilo, como diría el tallerista, “rayan el tímpano” de quien conoce la riqueza estética de nuestro idioma. El quinto ejemplo llevó a recordar esas discusiones: la expresión “Voyme” existe de siempre; aunque motiva discusión, es una contracción gramaticalmente válida, pero ¿“Ahhhh”? Diría el autor que esta es su manera de escuchar el suspiro de placer que se infiere por contexto; ¡argumento falso! Si quiere, se vale “Ah…”; y si quiere enfatizar el suspiro, hacerlo parecer más profundo, entonces puede ser “¡¡¡Ah!!!” Pero sería un exceso.

Identifico dos sentimientos generales vividos durante el desarrollo del taller: el que resulta de constatar que esos momentos en los que la norma resulta insuficiente, en los que emerge el reto creativo, son parte corriente del oficio; esos momentos en los que uno dice: “Prefiero que se lea «telekinesia y kinesiología», por mantenerme apegado a la forma clásica…”; ese momento en que uno lee la frase “Carlos el Pibe Valderrama ya llegó. ¿Y Iván ‘el Bombardero’ Valenciano?” y prefiere modificarla, aunque —excepto por las comillas— está bien: “¡Ya llegó el Pibe!; ¿llegó también el Bombardero?”. En términos generales, el traslado a la escritura de las expresiones orales populares exige cierta definición editorial de criterios, diálogo entre el corrector y el autor (o el editor) para establecer una línea estética acorde con los intereses del caso; en estos puntos no hay sistema normativo general al cual obedecer. Esos son los momentos en los que se prueba la sensibilidad del corrector, más que su conocimiento.

El otro sentimiento es el que me provoca la escisión que separa la mentalidad de quienes saben matemáticas de la de quienes no. En un discurso estadístico, la expresión “Después de cincuentaisiete meses y 18 días fue liberado” se transformaría, no sería una combinación de meses con días, serían sencillamente 1750 días preso o secuestrado, según el tipo de encierro; en el contexto periodístico, en cambio, sí surge este tipo de expresión, que conlleva un gran riesgo de errar. La idea, en la perspectiva no científica, es que los números que se escriben con más de una palabra se escriben en su forma simbólica; y los que se pueden escribir en una sola, en la forma verbal; el caso dado falla porque no estandariza la presentación de los números; sin embargo, “raya el tímpano” el hecho de que se priorice la cantidad de días que sufrió el encierro, cuando el hecho es que “fue liberado”.

Los demás ejemplos, tomados todos de la vida real, son todo un divertimento para quienes nos damos al juego de tratar de entender la fisura que separa lo escrito de lo que se ha querido escribir; sin duda, el lector encontrará grato dedicar un rato a participar de nuestro taller analizando esa extraña condensación de gazapos.

Corrector de estilo: Fernando Alviar Restrepo

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