No solo de Word vive el corrector

Por: Jaime David Pinilla.

Hace poco terminé el que ha sido mi mayor contrato independiente de corrección en una sola orden de trabajo. Algo inusual fue la cantidad de texto por corregir, casi 1.500 cuartillas; tan inusual como el formato en el que estaba el texto y como lo que tuve que hacer no solo para estimar su extensión, sino para tener la trazabilidad del trabajo.

Los correctores estamos acostumbrados a que los textos nos lleguen en Word, impresos, en PDF o en InDesign, y casi que pare de contar. Esta vez, sin embargo, se trataba de algo a lo que nos deberíamos ir acostumbrando: el texto disperso y completo en la plataforma de un sistema de información. Así las cosas, me asignaron un nombre de usuario y una clave de acceso, así como una breve introducción para aprender a navegar en el sistema y saber, además, dónde estaba el texto que tendría que corregir. Un par de días me dieron para navegar a mis anchas y estimar el volumen de trabajo. Aunque tenía la potestad de corregir directamente en el sistema, es decir, en los miles de cajitas de texto que componían cada unidad, no lo hice. No me sentía confiado ni me quería arriesgar a que, luego, ante cualquier reclamo, no tuviera siquiera la posibilidad de demostrar que su causa no obedecía a mi intervención; en los casos en que sí fuese así, por supuesto que los asumiría. Al fin y al cabo, yo solo tenía un nombre de usuario entre quién sabe cuántos de los que podrían existir para acceder a esos textos. Concluidas estas conjeturas, decidí entonces remangarme y hacer el trabajo sucio: pasar todo ese volumen de texto, cajita por cajita, a Word para corregirlo allí, aceptar todos los cambios en una versión limpia y, luego, volver a pegarlo allá en el sistema. Sí, otra vez, cajita por cajita.

Por supuesto, no pasó mucho tiempo para darme cuenta de que la mecánica y la doble operación inicial de copiar y pegar, de ida y vuelta, tomaría más tiempo que la corrección misma. Y de que la cotización inicial, que la empresa había aprobado, por un olvido mío no había tenido en cuenta ese tiempo, ese esfuerzo y esa responsabilidad. Como el proceso para llegar a la orden de compra había sido largo, después de poner de acuerdo a representantes de cinco o seis países hispanohablantes de una empresa multinacional, no valía la pena volver a empezar desde cero por ese pequeño gran descuido mío. A lo hecho, pecho; a Santa Rosa o al charco, y lo que había previsto para un mes de trabajo arduo terminó durando casi tres. La lección está aprendida: el corrector de hoy tiene que estar preparado para estos nuevos formatos, a veces impredecibles, en los que le pueden llegar los textos.

Corrección de estilo: Fernando Alviar Restrepo.

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