Por encima de las palabras

Por encima de las palabras

Una profesora de lingüística acostumbraba explicar los niveles de análisis de la lengua a través de un diagrama de círculos concéntricos: empezaba con uno pequeño en el que escribía siempre “signo”. O sea, en el centro de todo estaba el signo; luego seguía un círculo que se llamaba “fonética” y rodeándolo, uno que se llamaba “fonología”, el cual trazaba con línea punteada para significar que no era, con respecto al anterior, un nivel discreto sino continuo. Luego seguía otro con el nombre de “morfología” y después, otra vez en línea punteada, uno llamado “sintaxis”. Seguía la semántica y por fin la pragmática.

“¿Y se acaban los niveles? —se preguntaba retóricamente la profesora—. No. Nunca se acaban, porque pasamos de niveles a enfoques”. Así, apenas cambiando el color del marcador del tablero, a la pragmática le seguía un enfoque con doble etiqueta: “textolingüística/análisis del discurso” y, después, con línea punteada, “análisis crítico del discurso”.
Este fue por varios años su esquema base. La profesora hizo su doctorado en búsqueda del siguiente círculo, pues nunca podrían acabarse, a menos que uno se topara con Dios. Si así fuera, razonaba analíticamente, sería lo mismo ponerlo en el primer círculo, en el lugar que ocupa el signo. Su llegada no coincidió con el diploma, pero finalmente apareció, era el más englobante de todos: “semiósfera”, y este se insertaba a su vez en otro círculo de línea punteada: “cultura”.

La clase en que dibujaba el diagrama de los círculos concéntricos hacía sentir a la profesora que estaba representado fuera de tiempo el papel de Stephen Dedalus. Apenas trazaba el primer círculo cuando venía a su mente, con la certeza de un recuerdo importante, el pasaje de la novela de Joyce:

«Abrió el libro de geografía para estudiar la lección, pero no pudo aprender los nombres de los lugares en América. Además todos eran lugares diferentes que tenían nombres diferentes. Estaban en diferentes países y los países estaban en continentes y los continentes estaban en el mundo y el mundo estaba en el universo.
Volvió a revisar la guarda de su libro de geografía y leyó lo que había escrito allí: él, su nombre y dónde estaba.

Stephen Dedalus
Clase de Fundamentos
Escuela Clongowes Wood Sallins
County Kildare
Irlanda
El mundo
El universo

Eso estaba escrito con su letra; Fleming, en broma, había escrito en la página opuesta:

Stephen Dedalus me llaman
Irlanda es mi nación
Conglowes es mi morada
Y el cielo mi aspiración

Leyó los versos al revés pero ya no tenían poesía. Entonces leyó la guarda de abajo hacia arriba hasta que llegó a su propio nombre: allí estaba él, entonces leyó otra vez la página hacia abajo. ¿Qué había después del universo?

Nada. Pero ¿no había algo alrededor del universo que mostrara dónde detenerse antes de que la nada empezara?
Podría no ser una pared; pero podría ser una línea delgada, bien delgada, que englobara todo. Era difícil pensar en todas las cosas y todos los lugares. Solo Dios podría hacerlo. Intentó pensar cuán grande debía ser ese pensamiento; pero solo pudo pensar en Dios. Dios era el nombre de Dios como el suyo era Stephen. DIEU era el nombre francés para Dios, y ese era también el nombre de Dios; y cuando alguien rezaba a Dios y decía DIEU, entonces Dios sabía de inmediato que era un francés quien estaba orando. Pero aunque hubiera diferentes nombres para Dios en todas las lenguas diferentes del mundo y Dios entendiera lo que la gente le decía en sus oraciones en diferentes lenguas, aun así Dios seguía siendo el mismo Dios y el verdadero nombre de Dios era Dios.»

—¿Han leído a Joyce? —preguntaba a sus estudiantes, pero el silencio de su auditorio hacía parecer que se preguntaba a sí misma.

Después de explicar y resolver las dudas (siempre las mismas) de sus estudiantes, la profesora cerraba con un broche de cobre para una clase de oro: “Esto es solo un esquema”. Así se rompía el cristal de la teoría y otra vez un viento recio y amenazador hinchaba la red de conceptos del lenguaje.

—¿Qué hay por encima de las palabras? ¿Dios, los gramáticos, la policía, el periódico, el presidente? ¿Qué, quién? —espetaba la profesora. Los estudiantes estaban allí cerca, a pocos metros, pero sus miradas provenían de más lejos, de más atrás de las paredes, de más allá de los salones.

El silencio se asentaba como una cucharada de arena en un vaso de agua. Tiempo de gorjeo y carraspeo. Por fin la profesora rompía el silencio de todos con un recurso teatral de dudosa eficacia pedagógica: soltaba una sentencia en latín: “Caesar non est supra grammaticos”.

Jorge Luis Alvis Castro
Jorge Luis Alvis Castro
Soy lingüista y Magíster en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente me desempeño como editor académico de un centro universitario en Bogotá. Desde el 2009 dicto cursos y talleres de corrección de estilo y escritura a instituciones públicas y privadas. Soy miembro fundador de Correcta.

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