Sobre el valor discursivo de la imagen

Por Pablo Perilla

En un texto académico, a diferencia de otros géneros literarios, las imágenes deben tener un valor discursivo claro.

Como seres visuales que somos, dependemos en gran medida del sentido de la vista para captar el mundo, para aprehenderlo. Basta con cerrar los ojos por un momento o quedarnos a oscuras para recordar lo mucho que dependemos de nuestros ojos. «Una imagen vale más que mil palabras» —reza el adagio popular—. Me gusta pensar que esta aserción no va en desmedro de la palabra ni que plantea una lucha por reivindicar que la imagen es el mejor de los lenguajes para significar el mundo. En su lugar, prefiero pensar que lo que plantea es una relación dialéctica y dialógica entre la palabra y la imagen. No obstante, traigo a colación la conocida frase porque en ella se puede reconocer que la imagen desempeña un rol protagónico en la interpretación y compresión del mundo. No es gratuito entonces que exista toda una corriente pedagógica (el aprendizaje visual) que establece las imágenes como potentes herramientas de enseñanza.

Las imágenes, per se, tienen un valor discursivo. Con esta afirmación no descubro nada nuevo ni revelo al lector un aspecto desconocido de la imagen, pues es claro que ella es un universo de significado que siempre nos cuenta algo. Pero en esta ocasión quisiera formular una precisión, que va más allá de una simple distinción semántica: una es la función que cumple la imagen (elementos gráficos) en los productos académicos, como artículos científicos, tesis y ensayos, y otra muy distinta la que desempeña en otra clase de publicaciones, como la literatura en general.

El uso de elementos gráficos en los textos académicos es recurrente y tiene una función bastante clara: complementar el texto escrito y ampliar el espectro de interpretación de la palabra, pues hay aspectos que por cuestiones de espacio o claridad se prestan más para ser representados con imágenes que con palabras o a través de la combinación de ambos. Prueba de ello es la gran cantidad de organizadores gráficos que hemos desarrollado y a los que podemos recurrir para crear una representación visual de la información.

Hasta ahí, todo bien, y no hay inconveniente en incluir elementos gráficos en nuestro escritos académicos. El problema se configura cuando en los textos académicos se desnaturaliza la función discursiva que la imagen allí cumple, y ella pasa a desempeñar una función meramente ornamental.

Cuando el corrector de estilo afronta la revisión de un texto académico, muchas veces se encuentra con elementos gráficos que no cumplen una función discursiva clara en el texto; o lo que es lo mismo: el elemento gráfico propuesto carece de articulación discursiva con el texto al que acompaña y al que, en teoría, debe complementar.

Con el deseo de superar esta situación, a continuación se proponen algunas claves que nos ayudarán a vincular los elementos gráficos al texto que acompañan:

  • Deben estar contextualizados, es decir, “amarrados” al texto. El escrito debe aludir a los elementos gráficos, conducir al lector a que los revise y marcar aquellos aspectos importantes sobre los que el lector debe fijar su atención. De lo contrario, el lector pasará de largo y usted, como autor, habrá perdido el tiempo que le tomó confeccionarlos.
  • El autor debe dirigir la atención en el momento indicado. Los elementos gráficos son una evidencia de los aspectos trabajados en el cuerpo del texto. Así que usted, como dueño de su escrito, tiene la potestad para conducir al lector cuando y adonde quiera. Algunas formas sencillas para hacerlo son: «tal como se ve en la tabla 1»; «la tabla 1 recoge…», o «(ver tabla 1)».
  • La información que presente en los elementos gráficos y en el texto debe ser excluyente, no redundante. Recuerde que en un texto académico el espacio es un recurso escaso. En esa medida, no cuente o diga lo mismo tanto de forma discursiva como gráfica. Para escapar de la trampa de la desarticulación discursiva texto-imagen, le sugiero que se formule las siguientes preguntas: si ya lo presenté con palabras, ¿es necesaria la representación gráfica? Si ya lo presenté con una imagen, ¿es necesario contarlo con palabras?

Finalmente, no olvide usar los elementos gráficos en su texto. Si usted interpreta, analiza y comenta con el lector los elementos gráficos que propone, probablemente él valore la presencia de esos recursos, y usted habrá resuelto el problema de la desarticulación discursiva texto-imagen.

Corrector de estilo: Fernando Alviar Restrepo

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