Por John Fredy Guzmán.

La normalización lingüística de los idiomas ha tenido desarrollos especialmente fuertes de la mano de editores y correctores de textos. Las convenciones tipográficas provienen, de hecho, del mundo de los libros y las imprentas, que fijaron aspectos ortográficos y ortotipográficos luego asentados en la escritura habitual de las personas. El gran número de manuales y guías de estilo disponibles hoy en la web es también ejemplo de dicha normalización, al abordar desde aspectos escriturales (gramática, ortografía o estilística) hasta sistemas “ajenos” al texto, como los de referenciación o notacionales.

La relación entre autor y editor se trata, en realidad, de un acuerdo: la producción disciplinar o creativa del primero es acompañada de una acción del segundo, conducente a mediar frente a los potenciales lectores. No creo que muchos autores se detengan a analizar su texto en función de los ríos, calaveras, espejos, viudas o huérfanas —ese curioso vocabulario que sí denota intervenciones editoriales del día a día—; tampoco es muy común encontrar bibliografías “perfectas”, preocupadas por aspectos tan puntuales como un superíndice, una cursiva aplicada al volumen de una revista, la eliminación de un doble espacio entre palabras o la unificación de mayúsculas y minúsculas en la escritura de las fuentes de consulta.

El ejercicio editorial sucede paradójicamente “detrás de cámaras”, y no es en modo alguno una tarea prescindible. En lo personal, tiendo a desinteresarme de libros y artículos con errores recurrentes o faltas notorias de cuidado en la edición, pues pienso que no se buscó establecer desde el inicio una buena relación con el lector. El investigador argentino José Luis de Diego ha llevado al extremo la perspectiva esbozada: argumenta que “los autores no escriben libros”, lo cual es cierto si se piensa que es distinto un texto inédito a un producto editorial publicado, informado por diversos procesos de intervención: edición, corrección, traducción, diseño gráfico, indexación…

Un testimonio importante de la mediación que supone lo editorial frente a lo textual se encuentra en la trayectoria del Manual de estilo Chicago, un libro que, desde hace más de un siglo, ha orientado líneas y criterios para la edición profesional de textos académicos en disciplinas de las ciencias sociales y humanas. Su primera versión data de 1906, y desde ese entonces ha mantenido una actualización ininterrumpida, recogiendo aspectos esenciales para la publicación de un libro o una revista: procesos editoriales, manejo de tablas y figuras, respeto por los derechos de autor, consideraciones sobre uso y estilo lingüísticos, criterios de citación, etc. De algún modo, ante el ingente número de estilos personales y tradiciones disciplinares, ha sido necesario contar con instrumentos que unifiquen y estandaricen procedimientos de la escritura, sin suprimir, desde luego, sus singularidades.

En el 2010 se publicó la decimosexta edición de este manual, a partir de la cual, en el 2013, la Universidad de Deusto realizó su traducción y adaptación al español. A diferencia de la traducción del manual APA —con notables errores e inconsistencias, por no reinterpretar la norma a la luz del idioma—, la del estilo Chicago fue un ejercicio cuidadoso en muchos sentidos. Los editores y correctores contamos hoy con un documento valioso: el Manual de estilo Chicago-Deusto, que, entre otros aspectos, es flexible en el tratamiento de las fuentes documentales, al manejar tanto una vertiente de citación parentética (similar a APA o MLA) como una versión de citación a pie de página, muy funcional para el tratamiento de bibliografía que se sale del molde “autor-año” (conozco, por ejemplo, adaptaciones exitosas de textos legales desde este modelo).

En Colombia y otros países latinoamericanos, varias revistas y colecciones de libros están migrando a este sistema de referencias. Es una buena noticia. Su configuración histórica y la alineación con las tendencias editoriales y disciplinares le confieren rigor y, al tiempo, flexibilidad en los procesos de edición. Por eso, conocer su estructura y orientaciones y, sobre todo, detenerse en sus esquemas de citación y referenciación, abre nuevas posibilidades para que editores y correctores de estilo cualifiquemos cada vez más nuestras prácticas y oficios.

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