Por María del Mar Agudelo.

Escribiendo sobre cine, precisamente sobre un filme de Almodóvar, Julieta (2016), sentí una leve molestia cuando recordé una de sus escenas.

Para contextualizarlo sin dañar la película, querido lector, la vida de Julieta es un completo desastre desde que perdió a su esposo y, luego, el contacto con su hija. Esperanzada por volver a saber de esta, decide posponer sus planes de empezar una nueva vida y se queda en Madrid. Allí, desesperada y con mucho tiempo libre, de repente comienza trabajar como correctora de textos.

Posiblemente sin tener mayor conocimiento al respecto, al director se le ocurrió que el trabajo mencionado lo puede hacer cualquiera que se encuentre en una situación de duelo, de desazón, de recuperación o en uno de esos momentos en que no sabe qué hacer con su vida.

El problema que expongo en esta columna es que no solo a Almodóvar se le pasó por la cabeza tal idea; conozco personas que un día se levantaron y ofrecieron sus servicios como correctores de estilo (y como traductores también) porque les pareció muy sencillo. Como “eso de las comas se les daba en el colegio o en la universidad” o “les gusta mucho leer” o “les apasiona escribir” o “nacieron entre libros” o “nunca se durmieron sin leer un cuento”, creyeron que la mal llamada “labor del corrector” estaba más relacionada con las pasiones que con una carrera seria, años de experiencia (no solo en el manejo del lenguaje y de la escritura, sino también de los mismos autores), gestión del tiempo, agilidad mental, sensibilidad estética, sentido de la claridad y del orden textual y un gran etcétera que solo conocemos los correctores y aquellos que han tenido el placer (o la desgracia) de haber sometido su trabajo a nuestro escrutinio.

Esto me recuerda la vacante de una editorial colombiana, que quiso agregarle algo de folclor a su llamado, que decía: “Si corriges hasta los avisos de los buses, esta vacante es para ti” o alguna tontería por el estilo. También me recuerda a esos clientes que me agradecen por “mi colaboración” o a esos que pagan por el “arreglo del texto”.

El verdadero corrector cuenta con estudios en lingüística, literatura, filología, comunicación social o una carrera que le haya exigido leer y escribir muy bien; tiene experiencia en el ámbito editorial; tiene ojos agudos para los detalles; tiene, por lo menos, un libro publicado; tiene detractores, pues su criterio está por encima de la complacencia; cuenta con un historial de anécdotas y de embarradas; ha trabajado, mínimo, con dos editoriales responsables durante no menos de dos años de manera consecutiva; una buena selección de libros sobre la profesión yace en su biblioteca; y, sencillamente, ha vivido (y sufrido) la corrección de textos.

Si usted es un autor y va a contratar los servicios de un corrector de estilo, verifique el perfil de este: mire su trayectoria y analice, incluso, la manera en que lo saluda (si le dice “Hola Camilo”, sin la coma vocativa, busque otro).

Para cerrar con la respuesta al título de esta columna, me dirijo al potencial corrector de estilo: dedíquese a hacer ejercicio, a la jardinería, a la meditación o póngase a trabajar en lo que hace bien, en lo que le es propio. Ahora, si es una persona de letras y cumple con el perfil del corrector, POR FAVOR no venda su emprendimiento empezando con una frase del tipo “Estoy desempleado y le ofrezco mis servicios como corrector de estilo”, pues les hace un daño tremendo a los correctores de verdad. Como diría el gran David Gómez, “Mostrar el hambre no es una estrategia”, como tampoco lo es generar lástima.

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